Una vez.
Tu pelo como el betún centelleó ante las miradas de aquellos que no supieron ni diferenciarse – Ay, el redil, siempre pensábamos, pienso y piensas-
Tu pelo como el betún centelleó ante las miradas de aquellos que no supieron ni diferenciarse – Ay, el redil, siempre pensábamos, pienso y piensas-
Y comencé a hacer caminos con las manos.
Por aquel entonces era la niña que exactamente soy ahora.
Aquella niña que descubrió que tus océanos creados por gramos de speed, que quisiste conquistar para saciar tu cruenta realidad, se acababan convirtiendo en bocetos de medianoche.
Ni siquiera aun, me pregunto que hubiera sido de mí sin aquel verano en abril, del cual relato por 3º vez.
Y me preguntaba dónde estará el límite que nos separa.
Si no hay.
Si no existe.
Loco tú y loca yo.
Acabaríamos por autodestruirnos en una sola noche.
Y lo mejor de todo, es que no eres peligrosamente atractivo sino atractivamente peligroso.
Estúpidamente nos mantiene vivos el mechero de la cámara de gas.
Asique cuando recaigo, toco de nuevo tu infinito.
Pensé que solo era el principio y lo único que no entendí fue que esta vez quería decir para toda la vida.
A veces me da la impresión de que llegará el día en el que te mire a los ojos y solo sabre decirte que eres la droga más dulce de todas, la esperanza suicida que me mantiene viva.
Always grapada a ti, Niño de la generación del 88.
Un día pensé que sería una gran idea que las flores pudieran olerse mediante un aparatito. En principio el concepto luce ensimismadamente romántico. Imaginar que pudieramos transportar aromas, tal y como hemos aprendido a transportar la música, se me hacía insospechadamente placentero.
ResponderEliminarEntonces, un día, olí una flor. No me refiero a oler una flor, sin más. Olí la flor de una planta que conocía. De una planta que fué conmigo. Ese día entendí, que todas mis ideas alocadas sobre transportar el aroma de las flores mediante e-mail, solo atendía a mi sintomatología esquizofrenogénica-social, y me explico.
Mi mente, subsumida en un caos de pensamientos demasiado humanizados, había convertido lo que de repente se me aparecía como una ignominia imperdonable, en una idea "atractiva". El caos se hizo luz, pero no como debiera. No desde la sencillez, no desde la "parsimonia" en el sentido estadístico de la palabra (la navaja de ockham, el resultado más sencillo suele ser el más válido). Sinó desde mi necesidad irreal de construirme sustitutos para emociones que yo ya tenía, y que no habia necesidad de sustituir.
Entendí, que el caos es un concepto inventado por uno mismo para no aparecer de frente ante la realidad. Para sentirse inutil a la hora de encajar el puzzle y todas sus piezas, y es que yo, tenía un miedo horrible a lo que el olor de las flores pudiera evocarme.
Al entenderlo, en mi insight personal mientras olía aquella flor de celindo, comprendí que todo el caos de mi mente habría de caer por fuerza, y que... quien quisiera oler una flor, tendría que olerla. Y que el placer de oler una flor nunca sería comparable al placer de las esencias reconstruidas.
Recaer hacia el infinito, Esperanzarse suicidamente, Drogarse con dulzura, locura tuya, locura suya, locura como sinónimo de amor. Demasiado caos para algo tan sencillo. ¿No será que evitabas oler a la flor, e intentabas reconstruir en tu cabeza el aroma que hubiera de ser?
Quien sabe.